domingo, 23 de febrero de 2014

Carta 234

Porque o no puedo o no me da la gana,

dejar de esperarte aun sabiendo que no vas a volver. Dormir por las noches porque tu puta voz no quiere salir de mi cabeza. Vestirme sin pensar en ti, porque tu olor sigue en aquel jersey de lana color café, como tus ojos. Entender que los "estamos en esta mierda juntos" ya no existen, y que ahora esta mierda es de cada uno por separado. Aceptar que los besos bajo el agua desembocaron en el invierno frío y amargo, y ya no quedan besos que den de comer a estos labios que se mueren de hambre. Reconocer que Roma, por muy grande que fuera y muy pequeña que se nos quedase, a pesar de esas monedas en la Fontana con el deseo de quedarnos allí o al menos repetir ese viaje, esperará para siempre nuestro regreso. Porque tú no quieres volver; ni a Roma ni a mí.

Porque puedo traducir lo que dices a todos los idiomas, pero seguiré sin entenderte cuando me miras a los ojos mientras te muerdes el labio. Cuando apartas la mirada como si algo en mí tuviera intención de atraparte. Cuando te colocas el pelo de esa forma tan tuya. Cuando se sonrojan tus mejillas y adoptan un tono colorado semejante al del cielo de aquellos atardeceres que vimos en Venecia. Cuando sonríes, tan tímido como un niño al que le acaban de regalar un caramelo. Cuando me haces poesía sin escribirme, sin tocarme. Cuando te escucho hablar y me pierdo en aquel mar de metáforas e hipérboles. Pero no es metáfora el comparar tus ojos con dos granos de café. Ni es hipérbole cuando digo que tu lunar se ha convertido en el centro de mi universo.
 
Juro que no te entiendo. Pero explícate peor, que no quiero terminar de entenderte nunca.
 
 
Paula Pastor